El barco ebrio

Revista de poesía - Segunda época

   

POEMAS DE EDUARDO BLUES VILLALBA

 

 

     
   

ARS POETICA

 

El punto crucial, la poética,

en la encrucijada,

se desbarranca desde el ahora

por la pendiente del deseo,

pero se muestra desnuda

en los penachos del habla.

Acarrea el peso de un destino incierto,

pero intuido al azar desde los reductos vistos,

cuando se muestra desnuda

en los penachos del habla.

Desde cualquier forma,

a veces a modo de comadreja,

devora el huevo filosofal,

y hasta presa en la celada

de los narcóticos o en la duermevela,

corta sus patas con sus filosos dientes,

para liberarse…

Para liberarse…

 

 

  

LOS POETAS

                       A Aldo “Cipres” Benitez

 

Torrentes de pasos endilgan al poema

La quinta dimensión del cosmos.

Sin embargo es sabido que hay

Aun más azules que el mar,

más rojos que la sangre,

azáz sentidos a parte del albor,

antes que rompa la niebla

en la purpúrea garganta de la Noche.

 

Otros torrentes ya no intentan lo indecible

al pulsar la pluma…

Y liberan versos en la tinta,

cuyo cuerpo ligero de partículas devenidas del agua,

emulan al azar y al destino.

 

Mientras…

Leños ardiendo abren el aire de la Noche…

El poeta canta:

 

“Ah… Vetusta cultura…

guturalmente cincelada en primitivas cuevas y

gregarias cavernas,

a fuerza de pujar oposición de pulgares y

parir herramientas”.

 

Sobre la manta del monte

Se criban andanadas de luna

Y bajo delgados hilillos cristalinos…

El poeta canta:

 

“Ah… Vetusta cultura…

maleada en sarro azul de avatares mortales,

guapeando por la sutura de las dos mitades humanas

una aguja sueñera a modo de perlas estelares”.

 

Y es el poeta quien dileta

Acurrucado en su barbilla mientras

La pira del caos humea invisible.

Llama a la poesía,

Inflama los cables del sueño,

Su verso es el anzuelo que enhebra el sentido

Del cuenco por donde viaja la luz

En la gotera del espacio.

Canturreo insomne el hervor de su cabellera

Que la brizna acaricia.

Su tarea es levar las anclas del significado

Y arrojar el tridente del sentido a modo de saetas

para convulsión de la vigilia.

 

Mientras leños ardiendo abren el aire de la Noche…

Canta.

El poeta canta…

El canta.

 

 

 

LA VIDENCIA DEL POETA

 

Apoltronado en el lugar donde otros sueñan

                                        La seda de los narcóticos,

O el infierno de la Datura Estramonio.

El poeta iluminado sin intentar lo indecible murmura

al papel cómo desea que la tinta abandone el líquido y

plasme los versos más impecables del Parnaso.

No ha bebido jamás de la fuente Criseia en

el Monte de Apolo,

pero su delicado espíritu defenestrado por la ciencia

cayo en las Gracias ameno y agradable,

y las Musas a modo de Fortuna,

coronaron su testa con el cuerno de la abundancia,

para que plétoras de palabras maravillosas,

lluevan sentidos con destino de Casandra (la vidente

sin poder de convicción) y solo se regodeen él y los

que apoltronados en el silo del instante,

guiñan sus ojos y reinventan el universo

desde sus trampolines.

Alguien quizás oiga de su boca cosas semejantes

A la re invención evocada del estado de Nirvana,

Lo que jamás se ha tenido nunca,

O Himnos a la Utopía del Desajuste de los Sentidos.

 

Yo los recuerdo sin ningún embargo,

porque Poeta Vidente hay uno sólo, pero son muchos.

Mientras mi videncia consiste hoy a mis cuarenta

y seis años,

en poseer ya nada mas que Dos Dientes,

con los que mudo mis dedos de lugar

para acertar sólo por azar

el verso apropiado que dibuje una sonrisa

en el rostro duro de seño fruncido

de los Sarmientos de la Vida Plena.

 

 

 

MI ENTE

 

Miente que deseas acabar conmigo.

Yo estaré en los bordes de tu retaguardia

Marinando tu aliento agitado en la huida, con polvo

Impalpable de jazmines.

Miente que acabas en tus muslos

después de ser amada

musitando mis versos a modo de mantras,

susurrándolos sobre las yemas de tus dedos

que rozan tus poros dilatados.

Miente. Muchacha.

Miente a este viejo bohemio que tañe

su blasón enhiesto en la alborada

para espejar en él a Venus

cuando cantan las calandrias y zorzales

mientras pronuncia tu nombre,

secreto de décima Musa,

de Ninfa que mora bajo el cielo de su frente.

Miénteme y huye lejos…

Donde no pueda pensarte,

Al sitio donde mi deseo se torne

un ademán lejano de un sueño.

Y lograrás que este unicornio insoportable

Se rinda indefenso sobre la falda

De tu amigable espíritu.

Para que allí, cuando tu lo desees,

Acaricies en mi cuerno de versos

Lo que realmente te asombra y embeleza.

Pero miénteme, niña, miente.

 

 

LA PREÑEZ DEL CANIBAL

 

Conocía los secretos del pabilo,

La ciencia del sándalo y la quietud del agua.

Hablaba sin embargo la curva del humo

deslizándose sobre el aire.

Con el tiempo había aprendido a mixturar

El instante con algunas ideas consistentes,

Logrando la soltura de los yoguis.

Sin paciencia enhebraba el azar

Para levantar la bandera de seda

Sobre el techo de su casa.

 

El caníbal, un tiempo anduvo sin rumbo:

Casi perdido.

 

Hasta que al fin,

Levantó su mano con tierra,

Como un puñado de dioses que agazapados

Esperaban el segundo

Para volar clavándose en el odio.

 

Y comenzarán a brotar risas en su boca.

Y el corazón le crecerá hasta la altura de la tarde.

Y desde el centro de la Luna en cuarto creciente,

Un sonido de aire de reloj bajará hasta la tierra.

 

Convidado con creces beberá solitario su última

Contracción,

Puesto de rodillas pujará la criatura.

Y la vieja cicatriz, la sutura,

Detendrá un poco más el llanto de la cría,

Y desde adentro sonará mansa.

 

Asimismo la duda,

Vendrá con su facón a chancletear ante el sitio.

Convidará ginebra en tanto canto.

La guitarra en otro puño

Con la cinta del color azud.

Azud. Blanco y Azud.

 

El caníbal debió nacer antes,

Pero aun no ha nacido.

Su figura se ve en sueños.

Es un presentimiento de luces efímeras.

Un fuego fatuo en la boca del Padre.

 

Un tanto verde al madurar

Para llevarse las señas,

Un tanto más cerca de las vueltas de la llave.

Beberá el saludo y el aire del mar.

 

 La duda le empezará a nacerle

Justo en el instante del cordón umbilical,

Pero la velita encendida en la casa

Ante la estampita de la Inmaculada Concepción

Evitará los quebrantos.

 

Luego silbará mansa

el sonido de lo que viene

sin prejuicio alguno.

 

Su babero será el norte de los astros

Y su baba el poema de lo oculto.

 

 

 

LA PLUMA

 

Solo el intento acarrea en la paciencia,

Esos versos de finos detalles.

 

Cuenco de la palma que la tañe,

Seguro andamia los riscos que delinea.

 

Baja por ella el alma solitaria

A posarse en la tierra inteligible.

Bajan por ella las secretas rías

Con polvo de oro en los sentidos hondos.

 

 

Y es una excusa de tinta indeleble

La mordedura que ciñe en el papel.

Sólo hay una línea continua de sed,

Que jamás logra trascender su corcel.

 

Pienso con ella lo distante y cercano.

Vivifico la evocación y el por venir.

Planeo en mí desde su ala única.

Adivino por sus huellas lo que vieron

Mis sentidos más allá de los umbrales.

 

Sólo el intento consumado vez a vez,

Hizo de ella en mi mano puñal de prez,

Diestra caña singular y compañía.

La espada y la palabra de mi poesía.

 

 

“Olvido en su Periplo a lo Contrario de lo Adverso”

 

Olvido se mece en un punto en el cual su boca es un radar que capta palabras

interiores que van hablando desde el lugar catapultado y sus menudencias

instalan el acecho de lo que oyen, como si fueran un gran dado de palabras

que surgen cuando el este golpea sobre alguna superficie.

Se acerca a los bordes de la tarde, pero se acuesta luego con un cigarro en la

boca radar y se lo devora con ligereza de gacela en medio del silencio de su

monte interior con el candil de la noche todavía intacto en su pabilo. Ella lo

mira. Le da esas escaramuzas que junta en los bares y los dancing para

incitarlo a salir. Pero Olvido no acusa recibo, se topa consigo mismo y pocas

veces le da por las andanzas.

Comienza su lucha interior a mediados del día. En la mañana cobija dulces

Espasmos en movimientos de pluma y escribe sin saber qué decir, yendo hacia

un ahora que no tiene principio, pero sí la continuidad de su respiración en el

cuadrante del día con sus pulmones henchidos de bocanadas de aire.

Sabe que en algún lugar existe un río que lleva su nombre, pero no recuerda el

cómo ni el cuándo. Se para y silba nudos, sin acusar a su interior que cae sobre

su frente desde algún lugar parecido a la imagen de Recuerdo, pero que es un

vestigio de costumbres acicateadas por sus  fibras de músculos.

Olvido era otro, en tiempos remotos llevaba su sombrero emplumado y

cortejaba doncellas en lugar cualquiera y en cualquier tiempo, hasta que una

vez oyó hablar de aquél árbol y del encanto de su néctar. Preparó su pasaporte

a una nueva identidad. En una acción inesperada, Olvido se subió al precio de

un dios que lo marcó borrando sus miradas y sus posturas más particulares

para convertirlo en algo así como un ave de lagunas inmensas y persistentes,

de pasado desconocido, de umbrales sin aceptación de su dama más

compañera: Memoria, su madre. 

Recuerdo es padre de Olvido, y jamás lo tuvo tan cerca como cuando danzaba

por los ríos en torno a las fronteras.

Memoria y recuerdo se precipitan en torno a un círculo que jamás a los

mortales les es posible ver el lugar donde se cierra, cuando recae en el ahora.

Ahí permanecen días y meses en torno a algunos signos poco conocidos,

mareando hasta la ebriedad a los que intentan descifrar un ápice de sus

devenires.

Olvido conoce por haberlo aprendido en sus juegos de niñez, el recorrido

completo del círculo de Memoria y Recuerdo. Para él es un pasatiempo

descifrarlo en las noches cuando Luna Completa lo incita a cantar. La casa se

llena entonces de velas con luces tibias mortecinas, encendiendo en un aire

quedo y calmo, las notas que suenan de las canciones de los tiempos en los

que Olvido solía ser un joven atractivo, jamás otro amante más deseado que

él: vestidura flemática; la misma tentación vestida de implacable en el vaivén

de sus ojos sencillos; sincero y colmado de secretos que desgranaría

desnudo sobre los cuerpos elegidos; enamorando asimismo, cuellos de botellas

de vino blanco.

 

  De niño, Olvido iba de la mano de Memoria, Recuerdo los llevaba a veces

Sobre un carro a pasear por la rivera del río, o en su canoa, contornos

inimaginados solían cobijar los árboles del camino, los pájaros más exóticos

cantaban a su paso, leyendas de la Siesta y el Pombero se mezclaban entonces

en sus oídos y él comía cocos que guardaba en sus bolsillos.

Olvido fue educado como uno que no iba a ser igual al común de la gente.

Hablaba el guaraní como un idioma dulce y el castellano con saña, para

tomarlo como una espada de dos filos: razón y lógica. Conoció también las

historias del Chaco, de aparecidos y cuentos de la guerra, pero jamás miró el

cetro del poder como algo suyo. Así fue como preparado y listo para las altas

casas de estudio, prefirió encerrarse en la cabaña paterna  de la campaña y leer

hasta que sus largas pestañas se incendiaran.

Más de una vez, Olvido, en la noche de San Juan, caminó sobre las brasas,

subió al palo enjabonado y sacó la moneda con la boca sobre la paila

empavonada. Sabía pescar anguilas y taralilas con gracia inusual.

Olvido fue un buen niño y su nombre era una promesa para el pueblo que lo

quería y adulaba.

Pero todo fue distinto cuando  comenzó su juventud, se hizo andarín y dejó su

Pueblo, Memoria le había advertido que no llegaría lejos, que se cuidara de los

territorios de la magia porque a él no le cuadrarían los hados de ésta. Recuerdo

le ofreció la oportunidad de estudiar el arte de la guerra o de la música, pero

Olvido eligió por si mismo. Eligió el hermetismo y pasó de un lugar a otro,

iniciando una carrera que lo incitaba tanto como lo seducía.

Realmente notable fue la vez que Perurimá le habló de aquel árbol, acaso

herido por algún sueño malhadado en busca del saber, aquella vez su andanza

fue a buscar un anzuelo que sería una cruz cincelada a modo de tamborón que

extrañamente sonaría unísono al ritmo de su corazón, para ingerir en el néctar

de ese mismo árbol, la celada de la propia cárcel de sus impulsos neuronales

más lúcidos y singulares.

Perurimá le dio el mapa del sitio y señaló los atajos con una pluma de tinta

negra hecha con caburé. En el ñandutí de Clementina, él guardó celosamente

el papel, cobijando quien sabe qué esperanza semejante quizás al canto en

vuelo de aves boreales trinándole al lucero, luego de que Orión se hubo

marchado en su prosecución inútil de las Pléyades delante de la cabra que iba

empujando el pesado día en ese Chaco insondable, aun no refulgente de cielo

acerado y duro de fragua vesperal.

Así mismo, iba insuflado de una cordura inusitada otorgada por lo que él

entendió como señales de la causa y el efecto, sin intuir siquiera que al perder

su arraigo en la fe, estaba perdiendo lo más valioso de su espíritu.

A la manera de Psique con la lumbre de la lámpara de aceite ante el cuerpo

de cupido, buscando la certeza del conocimiento, iba hacia el mágico árbol:

“El Torcido Comedor”, el de la sabiduría.

Con el último sorbo de mate cocido atizó el exquisito gusta de la primer

chipá de la madrugada, y caminó bajo el trinar de las calandrias, zorzales y

tortolas, ingresando al enmarañado monte, casi impenetrable.

Lacú lo saludó en las afueras del pueblo con una leve sonrisa, sin decir nada,

casi inmutable con su cara de santo, pero siguió fumando su cigarro ante el

aljibe, adivinando ya las intenciones de Olvido. Los perros le lamieron los

tobillos, y moviendo la cola sin ladrar, lo vieron alejarse por la picada.

Caminó horas y días entre marañas de matorrales, bichos y arbustos para

llegar al borde del estero que señalaba en el mapa la  pequeña isla donde

estaba el árbol del presunto conocimiento, patos siriris, loros, cigüeñas,

garzas, teros, nutrias y cientos de insectos voladores habitaban la laguna. En

medio de la maraña de la superficie del agua se elevaban las maravillosas

flores de Irupé, a modo de lotos perfectos, que se erguían inmaculadas en el

aire todavía fresco de la mañana. Se arrodilló en la orilla y

bebió largamente luego de apoyar su pequeño bolso con avíos y luego se sentó

calmo y comenzó a cantar el “Ñeé”, el Om  guaraní que aprendiera con

Policarpo Roa y solían practicar junto al León Mocoví, Ben Cotaro y el resto

de los hermanos. Fue entonces cuando apareció una manada de jabalíes

la costa y salpicaba agua. Él se mantuvo calmo y advirtió que sobre la isla

blancos que bufaban sedientos y entraron a la laguna en una hilera que mordía

comenzaron a volar caranchos que la cubrían en forma de espiral, al rato, siete

pumas se aproximaron agazapados y se echaron a su derecha, y al tiempo

otros siete yaguaretés hicieron lo propio a su izquierda a unos siete metros de

distancia. Un calor de melcocha picoteó su pecho sujeto a su camisa en la

emoción de ver aproximarse un arco diminuto de colibríes de alas batientes

que formaron un halo sobre su cabeza. Un picaflor zumbó en su oreja

izquierda algo que él descifró como una alerta, luego los pumas y los yaguaretés rugieron a coro el sermón del propósito, de la intención perseguida en el momento crucial, mientras desde lejos oía el chirrido de los caranchos cantando la canción del deseo:

                                                “Dónde pescas hasta hoy

                                                  avatares del vino.

                                                  Qué lógicas te traen

                                                  a las luces sin brillo”.

                                                  “Si bebes hoy el néctar

                                                  no sabrás tu pasado.

                                                  A cambio de los nortes

                                                  De la certeza misma,

                                                  Entregarás tus doxas

                                                    Rumiadas con mate.

                                                    Reemplazarás por citas

                                                    tus siete afirmaciones.”

 

                                                    “Tu deseo pescará

                                                      en este mismo árbol,

                                                      una mente de radar,

                                                      lejos de ser un gran don.”

                                                      “Vuelve sobre tus pasos.

                                                       Intenta con arte.

                                                      Acusa mansamente

                                                      el dolor de la razón.”

 

Perurimá le había hablado algo del cáliz de la flor, y de cómo desnudo nadar en el estero con brazadas en el templo de un universo de dogmas interminables sin confundir el rumbo hacia el islote.

Unos loros comenzaron a cantar:

“Herida cerrada...”

Y todo el monte respondía:

“Herida cerrada...”

Olvido desnudó su cuerpo, rezó tres padres nuestros, extendió sus brazos de pleno hacia los costados, respiró profundamente, luego pausadamente los llevó hacia arriba de su cabeza y aterrizó sus palmas juntasen su frente mientras pensaba.       

 

 

 

 

* EDUARDO “BLUES” VILLALBA

Maestro, poeta y guitarrero.

Nació en la ciudad de Clorinda, en la frontera con Asunción.

Su encuentro con la poesía fue a los cinco años con la audición de un larga duración recitado por Elvio Romero.

Se graduó de Profesor para la Enseñanza Primaria en el Mariano Acosta y de Profesor Licenciado en Ciencias de la Educación en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Se desempeña actualmente como Maestro Secretario en el barrio de la Paternal, dependiente de la Secretaría de Educación del G.C.B.A. Fue Alfabetizador Nacional.

Desde su adolescencia integró diversos grupos musicales, desde el blues hasta el tango pasando también por la cumbia.

Su primer trabajo escrito se denomina “América India” encuadrado en el género  novela. Participó de la antología “Poetas en la Farsa”, luego de trabajar con el grupo poético Barco Ebrio coordinado por el poeta y editor Héctor Álvarez Castillo.

Se desempeñó como Coordinador del Centro Cultural “Encuentro Vecinal del Cid”, dependiente de la Secretaría de Cultura del G.C.B.A., entre 1998 y 2002.

Fundó el “Parnaso Americano” desde donde se realizan varios homenajes a su querido maestro “Elvio Romero” con la presencia de destacados poetas; desde allí edita dos CD del maestro, una contiene la disertación en vivo sobre la poesía del siglo XX y el segundo una veintena de poemas grabados en estudio.

En los últimos años se ha dedicado a realizar trabajos poéticos musicalizados como: “Poemas del Imposible Posible Amor Humano”, dedicado a Elvio Romero; “Tumbo Rante de Mi Amor”, homenaje a Carlos de la Púa; “Homanaje a Raymon Carver” y el cuento de su autoría #Olvido en su Periplo a lo Contrario de lo Adverso#.